De 600 panes por semana a 100.000.
Empezamos a los 19, sin plata y llegando último al rubro.
2021. Teníamos 19 años, cinco metros cuadrados prestados en la panadería de nuestros viejos y cero pesos ahorrados.
Nos criamos ahí adentro. Levantándonos a las dos de la mañana a hacer el reparto, terminando al mediodía. Esa fue la escuela.
La primera semana vendimos 600 panes.
Para nosotros fue una locura total.
Llegamos últimos.
Todas las panificadoras del rubro habían arrancado en 2018. Cada cliente ya tenía proveedor. Y nadie le confía su hamburguesa a dos pibes de 19 años. Se nos cerraron un montón de puertas. Las que se abrieron, las abrimos a fuerza de entregar bien, todos los días, durante años.
Esta fue nuestra primera cocina de verdad.
La panadería prestada de nuestros viejos, la de los cinco metros cuadrados. No era nuestra, pero fue donde aprendimos a trabajar en serio: bandejas apiladas donde entraran y turnos que arrancaban de madrugada.
Todo lo que entraba, volvía a la máquina.
Nunca sacamos un peso para nosotros. Primero la amasadora. Después la fermentadora. Después el horno. Vivimos endeudados años, apostando a que esto daba para más.
El día que agarramos la fábrica nos quedaba gigante.
600 metros cuadrados, dos plantas. No teníamos idea de cómo la íbamos a llenar. Firmamos igual. Hoy nos queda chica.
Hoy hacemos 100.000 panes por semana.
Arrancamos siendo dos. Hoy somos más de veinte, obsesionados con lo mismo.
Y nada de esto lo hicimos solos.
Esto es de los que nos abrieron la puerta cuando teníamos 19 y nadie más lo hacía.
Gracias por confiar.